El Deporte nos ayuda a mejorar, compartir, soñar, ser mejores, valorar lo que tenemos y lo que somos, competir con justicia y solidaridad ...
Bienaventuranzas de los deportistas
“Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se
acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:” (Mt.
5, 1-2)
Felices ustedes, los limpios y honestos en la competencia, porque
el deporte los ayudará a ser mejores personas.
Felices ustedes, los que
hacen del deporte un camino hacia el interior del corazón porque encontrarán en
él la humildad para respetar las diferencias.
Felices ustedes, los que se
mantengan fieles a sus principios, amistades y compañeros porque serán fuente de
confianza.
Felices los que respeten al árbitro y colaboren con él, porque
la paz de Jesús inundará sus corazones y ayudarán a construir la civilización
del amor.
Felices ustedes, los que saben ganar y perder porque
disfrutarán con alegría el juego.
Felices ustedes, los que hacen del
deporte un lugar de encuentro, amistad y solidaridad porque en él verán a
Jesús.
Felices los que hagan del deporte un medio de conversión porque
vivirán en él valores cristianos.
Felices los que sepan perdonar cuando
sean ofendidos porque amarán como Jesús.
Felices los que integran a los
excluidos en su equipo porque Dios los buscará para ser parte del suyo.
Felices los que aprendan a jugar como niños porque gozarán de alegría.
“Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran
recompensa en el cielo...” (Mt. 5, 12)
El Padre Kevin Lixey, responsable de la oficina "Iglesia y deporte" adscrita al
Pontificio Consejo para los laicos,hace una presentación de las enseñanzas que
el Magisterio de la Iglesia ha impartido sobre el deporte, por mas de cien años.
¡Qué dice la Iglesia sobre el deporte? Pablo VI se interrogó en 1966: “¿Existe
verdaderamente un dialogo entre Iglesia y deporte? ¿Qué tiene que ver la
religión con esto? ¿No es el deporte por definición, extraño a la religión? La
palabra ‘juego’, en cierto modo, ¿no da la idea de trivialidad, de
superficialidad, de desafío a quien trabaja seriamente en la gran obra de
conducir las almas a Dios, santifícalas y salvarlas?"1Al responder a estas preguntas, el mismo Pablo VI, al contrario de
esta “presunta sospecha”, afirma que: “Nosotros sentimos una gran estima por la
actividad deportiva, por la diversidad de aspectos humanos que ella manifiesta,
promueve, pone en juego, premia y corona."2Por
más de cien años, la Iglesia, a través de los pontificados, ha hablado al mundo
deportivo, y a los deportistas. Mejor dicho, ha dirigido su palabra hacia el
hombre, que practica el deporte. Las grandes ocasiones como los Olimpiadas, el
mundial de fútbol, la inauguración de un nuevo estadio, o una audiencia a un
equipo de deportistas con el Papa... han sido las ocasiones propicias, en las
que el Vicario de Cristo ha podido dirigir su palabra a los deportistas: son mas
de 200 los discursos pronunciados por los papas del ultimo siglo.Los
primeros cinco discursos vienen de San Pío X, el primer Papa en recibir en el
patio de San Dámaso un grupo internacional de deportistas católicos en 1905. El
Pió XI, que fue montañero en su juventud, e incluso pasó toda una noche a pie a
unos 4600 metros de altura en un sendero del Monte Rosa esperando que mejorase
las condiciones climáticas,3 pronunció unos 5 discursos
sobre el deporte y las lecciones que enseña la montaña. Al Papa Pío XII, llamado
“el amigo de los deportistas” –el primero en instalar un gimnasio en el
Vaticano– podemos atribuir unos 20 discursos. Encontramos 9 discursos en Juan
XXIII. Sea en ocasión de las atletas de visita, sea en ocasión de los grande
eventos, Pablo VI dirigió 35 discursos. Por fin, como uno puede imaginar, el
servo de Dios, Juan Pablo II, llamado el “Papa deportista”, tuvo 120 discursos a
los deportistas que suman más de la mitad de todos los discursos tenidos por los
papas!4Entrando un poco en esta rica historia,
compuesta por más de un siglo de discursos deportivos de los papas, quisiera
delinear algunos de los rasgos que caracterizan el pensamiento de la Iglesia,
que mira no solamente al deporte, pero al hombre mismo que ejerce actividades
deportivas. Con esto, no pretendo dar una visión completa y exhaustiva, quisiera
más bien, que esto sirva como aperitivo, que incite un vivo interés por este
tesoro de enseñanzas, –infelizmente poco conocidas– sobre el deporte. Empiezo
con el deporte en sí mismo, como actividad educativa y recreativa, para luego
llegar al fenómeno más reciente del deporte como espectáculo y fenómeno
social.“Ahora bien, ¿Cuál es, en primera lugar, el oficio y el
objetivo del ‘deporte’, sana, y cristianamente entendido, si no precisamente
cultivar la dignidad y la armonía del cuerpo humano, desarrollar la salud, el
vigor, la agilidad y la gracia del mismo?"5 Estas palabras
del Pío XII introducen el fin básico del deporte. Seguramente, es un fin
bastante conocido y realizado por tantas personas deportivas. Pero, a pesar de
ser tan básico, es a la vez fácilmente descuidado en el mundo del deporte de
hoy. Baste citar él titulo del libro del Barrie Houlihan, “Dying to win” (Morir
para vencer) para ver cómo una distorsión del deporte, por ejemplo, la del
doping, niega fundamentalmente este fin de educar y fortalecer el cuerpo hasta
el punto de que algo saludable se convierte en algo dañoso y incluso
mortal.También en un mundo donde crece la obesidad y las
enfermedades físicas –ambas a veces condicionadas por una vida llena de stress–
hay mucho que recuperar en el mismo deporte y en la sana recreación física para
que estas actividades saludables vuelvan a ser practicadas y disfrutadas en bien
del cuerpo.Pero, más allá de la salud física, ¿hay algo más que
podemos encontrar en el deporte? En su discurso a un congreso italiano sobre la
educación física, Pío XII delinea cuatro fines que tiene el deporte, que son: 1)
un fin próximo, el de educar, desarrollar, y fortalecer el cuerpo; 2) un fin
remoto, porque el deporte sirve para predisponer el cuerpo al servicio del alma
y de la persona; 3) un fin mas profundo todavía– el de contribuir a la
perfección del hombre; y 4) un fin ultimo, el de acercar el hombre a Dios.6En cuanto al segundo fin, el deporte al servicio de
la persona, cuerpo y alma, el mismo Papa Pío XII observa: “El deporte,
adecuadamente dirigido, desarrolla el carácter, hace del hombre una persona
valerosa, que pierde con generosidad y vence sin presunción; ello afina los
sentidos, clarifica e ilumina la mente, y forja una voluntad de hierro para
perseverar. No es solamente desarrollo físico. El deporte correctamente
entendido tiene en cuenta al hombre entero.7Siguiendo el mismo fin, Juan XXIII observa cómo “también en el
deporte, pueden encontrar desarrollo las verdaderas y fuertes virtudes
cristianas, que la gracia de Dios hace, luego, estables y fructuosas: en el
espíritu de disciplina se aprenden y se practican la obediencia, la humildad, la
renuncia: en las relaciones de equipos y de competencias, la caridad, el amor de
fraternidad, el respeto reciproco, la magnanimidad, a veces también el perdón;
en las firmes leyes del rendimiento físico, la castidad, la modestia, la
templanza, la prudencia.8Sin duda, este es un
campo grandísimo donde la Iglesia, puede y debe a través de sus escuelas,
parroquias, y asociaciones deportivas, cosechar buenos frutos. ¡Cuánto tiempo
pasan los jóvenes cada semana con un entrenador deportivo, comparado con las
pocas horas que pasan los jóvenes en una lección de catequesis! Hay mucha
oportunidad aquí para aprovechar la potencialidad “formativa” de estas
actividades deportivas.Mas allá de las virtudes humanas, viene a la
luz este fin de perfeccionar al hombre a través del deporte. Juan XXIII veía la
posibilidad de que el deporte pudiera conducir el hombre hasta las perfecciones
interiores, cuando notaba: “Estas competencias deportivas y los motivos que
congregan e inspiran estas grandes masas de jóvenes proclaman a la faz del
mundo, no solamente el honor rendido a los valores físicos y a la armonía de los
miembros del cuerpo, sino también el servicio que estos valores físicos pueden y
deben rendir a las más altas aspiraciones del hombre hacia la perfección y la
belleza interior, hacia la emulación reciproca, serena y alegre, hacia la
fraternidad universal.”9Aquí se abre, además
del nivel individual y personal, un nivel comunitario, es decir el aspecto
social del deporte. De hecho, Juan XXIII ha notado y valorado “La extensión
alcanzada por el deporte y la prensa deportiva ocupa un puesto de primer plano y
constituye uno de los fenómenos más vivos e interesantes de la cultura
contemporánea.10En este contexto de la cultura,
los padres del Concilio Vaticano II debatieron también sobre el deporte. Notando
la capacidad del deporte sea a nivel individual que comunitario, en el numero 61
de Guadium et Spes se dice: “Pues con la disminución ya generalizada del tiempo
de trabajo aumentan para muchos hombres las posibilidades. Empléense los
descansos oportunamente para distracción del ánimo y para consolidar la salud
del espíritu y del cuerpo, …con ejercicios y manifestaciones deportivas, que
ayudan a conservar el equilibrio espiritual, incluso en la comunidad, y a
establecer relaciones fraternas entre los hombres de todas las clases, naciones
y razas.11Después del concilio, este segundo
aspecto de “establecer relaciones fraternas entre los hombres de todas las
clases, naciones y razas” ha sido ampliamente desarrollado. Con su lenguaje
universal, el deporte tiene la capacidad de aglomerar personas de diverso
países, culturas, razas y lenguas. Pablo VI, por ejemplo, en un saludo a los
atletas de la XIX Olimpiada, notaba: “Procedéis de tantos países, representáis
ambientes y culturas, pero os une un idéntico ideal: vincular a todos los
hombres con la amistad, la comprensión y la reciproca estima. Esto prueba que
vuestra meta final es algo más elevada: la paz universal. Vuestra tarea es
contribuir a que los campos de batalla se transformen en palestras y que al odio
suceda el amor.12Además de este bien de
promover la comunión entre la humanidad, ¿cómo es posible que el deporte realiza
el último fin mencionado por Pío XII, el de acercar el hombre a Dios? Con los
papas Pablo VI y Juan Pablo II sobre todo, podemos constatar un incremento en
las audiencias de los atletas con el Pontífice. En un discurso a las ciclistas
del “Giro d’Italia”, Pablo VI respondía a la pregunta: ¿porqué los deportistas
quieren ver el Papa? Tocando el motivo más profundo, decía: “Porque el deporte
es símbolo de una realidad espiritual aunque escondida, que constituye la trama
de nuestra vida.”13Luego continuaba: “La vida es un
esfuerzo, la vida es una competencia, la vida es un riesgo, la vida es una
carrera; la vida es una esperanza hacia la meta final, una meta que trasciende
la escena de la experiencia común, y que el alma entreve y la religión nos
presenta.”14¡Qué hermosas y verdaderas son
estas palabras del Papa! La vida realmente es un esfuerzo. Y el deporte nos
ayuda a vivir mejor esto esfuerzo. Muchos papas han subrayado el aspecto
ascético del deporte, a la luz de las palabras del San Pablo. Muchas veces,
hacían referencia a la carta a Timoteo: “He competido en la noble competición,
he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. Y desde ahora me
aguarda la corona de la justicia” (2 Tim 4,7-8). Pero el texto por excelencia es
1 Cor 9, 24-27. Refriéndose a este pasaje del Apóstol, Pablo VI decía: “El
deportista ofrece a San Pablo un argumento, que del campo físico pasa al
espiritual, y que por lo tanto puede refluir desde el campo práctico de la vida
vivida: ‘Todos los atletas se imponen una rigorosa abstinencia…’(1Cor9,24-27).
Las cosas fuertes, las cosas grandes, las cosas bellas, las cosas perfectas son
difíciles, y exigen una renuncia, un esfuerzo, un compromiso, una paciencia, un
sacrifico.15También, el Papa de los
deportistas, Juan Pablo II, ha afirmado en tantas ocasiones que la practica del
deporte en su sentido más noble y auténtico trae siempre a la memoria el ideal
de virtudes humanas y cristianas que, no solamente contribuyen a la formación
física y psíquica, sino que también inician y estimulan a la fuerza y a la
grandeza espiritual.Pero, en el Jubileo Internacional de Deporte,
durante el Año de la Redención 1984, Juan Pablo II ha visto todavía algo más en
este celebre pasaje del San Pablo a los Corintios (1Cor 9,24.27): “El Apóstol de
las gentes, ha reconocido, por tanto, la fundamental validez del deporte,
considerándolo no solamente como término de comparación para ilustrar un
superior ideal ético y ascético, sino también en su intrínseca realidad de
coadyuvante para la formación del hombre y de componente de su cultura y de su
civilización."16Siguiendo el ejemplo del
Apóstol, Juan Pablo II no dudaba en incluir el deporte entre el conjunto de los
valores humanos, pues representa un beneficio para la promoción y formación
humana. Y comentando el mismo pasaje de San Pablo, añade: “Encontramos en estas
palabras los elementos para delinear no solo un antropología sino una ética del
deporte y también una teología, que haga resaltar todo su valor.”17El deporte, cuando es visto y practicado en una
manera no banal, es decir, cuando es practicado a la luz de estos cuatro fines
numerados por Pío XII, entonces brilla su validez fundamental y todo su valor.
Por eso, la perspectiva cristiana del deporte no se limita a enumerar algunos
principios éticos que deben ser aplicados al deporte come si fueran algo extraño
al deporte mismo. Tampoco basta introducir algún acto religioso en la práctica
deportiva casi como algo forzado e incompatible con el mismo. No, la perspectiva
cristiana es mucho más amplia y connatural con la esencia de las actividades
deportivas y busca resaltar y vivir la verdad cristiana sobre lo que es el
hombre y la sociedad.“Aunque el deporte tiene este valor en sí
mismo, estos valores –como Juan Pablo II señaló a los presidentes de la UEFA–
non son garantizados...ellos deben ser purificados y renovados
continuamente.”18Por eso, durante el Jubileo del Deporte
del año 2000, Juan Pablo II pidió hacer un “examen de conciencia” sobre el
deporte, para que éste pudiera “responder a las exigencias de nuestro tiempo” y
“superar cualquier desviación que pudiera producirse en él.”19Dentro del horizonte de los cuatro fines de
deporte, nace una programa pastoral para el mundo del deporte. Se trata a la vez
de recuperar, salvaguardar, y poner en evidencia estos cuatro fines en manera
tal que “el deporte esté siempre al servicio del hombre, y no el hombre al
servicio del deporte.”20En cuanto al aspecto
educativo del deporte, sobre todo con los jóvenes, Juan Pablo II advirtió que la
Iglesia “tiene que estar en primera fila para elaborar una pastoral adecuada a
las cuestiones de los deportistas y promover un deporte con el que favorezca una
vida llena de esperanza.”?”21También el Papa
Benedicto XVI ve la importancia del deporte, “disciplina que, si se practica
respetando las reglas, se convierte en instrumento educativo y vehículo de
importantes valores humanos y espirituales.”22 Y sobre todo,
ve la necesidad de que esta actividad sea siempre iluminada por la luz de
Cristo. Con ocasión de las Olimpiadas invernales en Turín, El Papa afirmó que la
luz de la antorcha olímpica, para los cristianos, “remite al Verbo encarnado,
luz del mundo que ilumina al hombre en todas sus dimensiones, incluida la
deportiva.”23El Santo Padre continuó diciendo:
“No hay nada humano, excepto el pecado, que el Hijo de Dios, al encarnarse, no
haya valorizado […] Entre las diferentes actividades humanas, está la deportiva,
que también debe ser iluminada por Dios, mediante Cristo, para que los valores
que expresa se purifiquen y eleven, tanto en el ámbito individual como
colectivo.”24El deporte es una grande frontera,
un campo, que espera la luz de Cristo, la nueva evangelización. Precisamente, en
el intento de hacer sentir la preocupación de la Santa Sede hacia el deporte, el
Siervo de Dios Juan Pablo II instituyó en el año 2004, dentro del Consejo
Pontificio para los Laicos, una nueva Sección bajo el nombre de “Iglesia y
deporte”. Entre los objetivos, la nueva sección busca ser en la Iglesia punto de
referencia para el deporte, favorecer una cultura del deporte come medio de
crecimiento integral de la persona, y sensibilizar a las Iglesias locales sobre
la importancia del trabajo pastoral en los ambientes
deportivos.Antes de concluir, quisiera llamar la atención acerca de
un ultimo punto, que también es uno de los objetivos de la Sección “Iglesia y
deporte” y que mira hacia la pastoral de los deportistas. Con el Mundial de
Fútbol, hemos visto la grande atención que reciben los jugadores profesionales
de fútbol de parte de los medias de comunicación. Es importante notar la
insistencia con la cual Juan Pablo II ha llamada la atención a los jugadores
profesionales sobre la responsabilidad que ellos tienen, sobre todo, hacia los
jóvenes. Con la ocasión del Mundial en Italia en 1990, el Papa dijo estas
palabras a los futbolistas: “A vosotros, (atletas) miran los deportistas de todo
el mundo. ¡Sed conscientes de vuestra responsabilidad! No sólo el campeón en el
estadio; también el hombre con toda su persona ha de convertirse en un modelo
para millones de jóvenes que tienen necesidad de “líderes” y no de “ídolos”.
Tienen necesidad de hombres que sepan comunicarles el gusto de lo arduo, el
sentido de la disciplina, el valor de la honradez y la alegría del altruismo.
Vuestro testimonio, coherente y generoso, puede impulsarlos a afrontar los
problemas de la vida con igual empeño y entusiasmo.”25Los deportistas tienen necesidad de un guía, de modelos para su
vida, para que ellos puedan ser modelos para los jóvenes. En su homilía del
Jubileo del deporte, Juan Pablo II puso a Nuestro Señor Jesucristo como este
modelo. Como dice el Papa: “Él es el verdadero atleta de Dios, Cristo es el
hombre ‘más fuerte’(Cf. Mc 1:7), que por nosotros afrontó y venció al
‘adversario’, Satanás, con la fuerza del Espíritu Santo, inaugurando el reino
deDios.”26Después de este breve recorrido por
el último siglo de los papas, tenemos una respuesta al menos a la pregunta:
“¿Qué dice los papas sobre el deporte?” Podemos también constatar que
efectivamente la Iglesia tiene interes en el deporte y ha dirigido en el ultimo
siglo más de una palabra hacia el mundo deportivo. La Iglesia como maestra en
humanidad, muestrasu solicitud para con todos los aspectos de la vida del
hombre, incluyendo el deporte. Pero esto no basta.Sin duda, vemos el
espacio cada vez más amplio que ocupa el deporte en la vida de nuestra sociedad.
Al mismo tiempo, vemos tantas jóvenes que se alejan más y más de Cristo. Podemos
ver también que la practica de las diversas disciplinas, sobre todo a niveles
profesionales, tiende a alejarse cada vez más de los ideales originales del
deporte. Considerando todo esto y las enseñanzas del Magisterio, es urgente la
necesidad en la Iglesia – es decir, en cada uno de nosotros en la medida de lo
posible– de bajar al campo y entrar en este “areópago” de la nueva
evangelización que nos espera.Tenemos que comenzar con el trabajo
arduo pero esencial de devolver los valores fundamentales al deporte. Quizás en
la historia de la humanidad jamás como hoy ha tenido el deporte tanta
importancia. ¿Cómo vamos a aprovechar esta ocasión? La Iglesia, ya desde hace
tiempo, está formando un equipo. Hay un entrenador excepcional –Jesucristo, hay
un estrategia magnifico– el evangelio, y hay tantas almas que nos esperan...
pero hace falta jugadores.... “La mies de este campo es abundante, pero los
obreros son pocos...” ¿Está usted dispuesto a ser uno de los
jugadores?
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